Me gano tu soledad. Me derroto tu ausencia. Logré retenerte
unos instantes más con un par de versos de Neruda, pero al cerrar los ojos y
entregarte mansamente a los brazos de Morfeo, me derroto la noche.
Apague las luces. Intente acompañarte. La oscuridad creció.
El peso de tu soledad cayó sobre mis hombros. Trate de
aferrarme a cada gota de aire que exhalabas pero fue en vano. Me ganó tu
ausencia.
Toda la tarde había luchado contra ella logrando sólo
triunfos pírricos expresados en lágrimas sobre tus mejillas. Una y otra vez
insistí para que me abrieras la puerta de tu alma pero fue en vano. Un ejército
de sonrisas forzadas, chistes sin sentido y anécdotas vacías salieron a mi
encuentro para alejarme de tu sufrimiento.
Paso la tarde y se hizo noche. Cenamos. Reímos. Jugamos. Me diste la espalda y te dormiste.
En medio de la oscuridad que lo llenaba todo no sentí que
quedara espacio para mi presencia. Tu soledad había ganado cada rincón de la
casa y hacía la atmósfera irrespirable. Primero me apartó de tu cama. Luego me
aparto de tu presencia.
Derrotado, abatido, sin más armas para dar batalla emprendí
mi retirada estratégica. No te dejo sólo, te dejo en tu soledad. Puedes llamarme
cuando quieras, puedes abrir las puertas cuando gustes, ahí estaré.
Me entrego ahora a mis sábanas vacías para ver si logro
conciliar el sueño. Mi cuerpo está mi cama, mi alma quedó en la tuya. Pocas horas
quedan para que amanezca y ahí estaré, cuando febo asome sus primeros rayos
para reemprender la batalla.
Te acompañaré en tu camino, le hablaré a tu soledad, seré
derrotado una y mil veces pero no te abandonaré. Cuando decidas llamarme, ahí
estaré. Voy a hacer todo lo que tenga que hacer, pero finalmente dependerá de ti.
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