lunes, 3 de marzo de 2014

Me derrotó tu soledad...

Me gano tu soledad. Me derroto tu ausencia. Logré retenerte unos instantes más con un par de versos de Neruda, pero al cerrar los ojos y entregarte mansamente a los brazos de Morfeo, me derroto la noche.
Apague las luces. Intente acompañarte. La oscuridad creció.

El peso de tu soledad cayó sobre mis hombros. Trate de aferrarme a cada gota de aire que exhalabas pero fue en vano. Me ganó tu ausencia.

Toda la tarde había luchado contra ella logrando sólo triunfos pírricos expresados en lágrimas sobre tus mejillas. Una y otra vez insistí para que me abrieras la puerta de tu alma pero fue en vano. Un ejército de sonrisas forzadas, chistes sin sentido y anécdotas vacías salieron a mi encuentro para alejarme de tu sufrimiento.

Paso la tarde y se hizo noche. Cenamos. Reímos. Jugamos. Me diste la espalda y te dormiste.

En medio de la oscuridad que lo llenaba todo no sentí que quedara espacio para mi presencia. Tu soledad había ganado cada rincón de la casa y hacía la atmósfera irrespirable. Primero me apartó de tu cama. Luego me aparto de tu presencia.

Derrotado, abatido, sin más armas para dar batalla emprendí mi retirada estratégica. No te dejo sólo, te dejo en tu soledad. Puedes llamarme cuando quieras, puedes abrir las puertas cuando gustes, ahí estaré.
Me entrego ahora a mis sábanas vacías para ver si logro conciliar el sueño. Mi cuerpo está mi cama, mi alma quedó en la tuya. Pocas horas quedan para que amanezca y ahí estaré, cuando febo asome sus primeros rayos para reemprender la batalla.


Te acompañaré en tu camino, le hablaré a tu soledad, seré derrotado una y mil veces pero no te abandonaré. Cuando decidas llamarme, ahí estaré. Voy a hacer todo lo que tenga que hacer, pero finalmente dependerá de ti.