Y acá estoy de nuevo, en otra noche de lluvia conjurando tu
ausencia. Tu ausencia q no es de hoy sino de siempre, incluso en esos momentos
en que estabas a mi lado. Ausencia que fue, que es que será, que no va a
llenarse nunca y cuya única cura es que te extirpe de mi mente, de miel, de mi
alma.
Te conocí de noche, y debo arrancarte de mí en las penumbras
que le siguen al atardecer. Es cierto, nuestros cuerpos se encontraron,
nuestras pieles se erizaron y por momentos pareció complemento perfecto, cual
vaso de agua que calma la sed, como río que finalmente desemboca en el mar. Perfecto.
Pero no, no era más que una ilusión, una ilusión de cuerpos,
una ilusión de besos, una ilusión física que nunca llego más allá. Una ilusión
de la que te bajaste cada vez que no estuviste a mi lado y de la que yo nunca
me quise bajar.
Es tiempo ya. Como aquella noche, hoy llueve. Es tiempo de
dejar de soñar en soledad… con soledad. Aferrarse al pasado no bastará para
salir de este oscuro infinito. Al infinito de las ilusiones sin sentido se
entra sólo y se sale solo. Hoy es momento de dejar tu recuerdo y empezar a
salir.
Tu no me extrañaras. Quedará allí tu recuerdo como esos
muebles viejos que causan ternura al verlos pero que no sirven de nada y yo
continuaré mi camino. Después de todo el ser completo es el ser sólo, en su
camino, con su libertad. No hay ser completo con ataduras. ADIOS.